La Playa: De vuelta a la normalidad... (5)
Abrió la puerta de su apartamento abatido, el edificio estaba completamente desierto a esas horas incluso para ser Junio, de modo que lo único que rompió la sobriedad fue el chirrido de la puerta al abrirse. Se quitó la americana que había llevado durante la entrevista y la lanzó sobre la mesa de la entrada. A continuación, cerró a la puerta de un portazo, y en menos de 1 minuto estaba tumbado en el sofá.
¿Cómo había llegado a ese extremo? pensó Max.
De repente había pasado de vivir felizmente con Silvia en un apartamento de diseño en la ciudad de Nueva York a vivir en un ridículo piso de una habitación con baño y una mezcla de cocina y comedor que no llegaba a los ochenta metros cuadrados, bien situado, eso sí, en la costa de California.
Cuando era joven solí ir al apartamento, pero al conocer a Silvia tuvo que dejar esos hábitos y acostumbrarse a la vida de lujo que la famosa modelo le ofrecía al mísero escritor. Porque eso era Max, un escritor que gracias a los contactos de su novia había conseguido un trabajo en una editorial, por suerte el trabajo se le dio extraordinariamente bien de modo que no se sentía culpable por la ayuda de su novia.
Pero ahora... volver a la humildad no era tan fácil.
Pensando en todo ello se durmió, y para cuando hubo abierto los ojos de nuevo eran las ocho ce la tarde.
- ¡Joder!- exclamó al ver las manillas del reloj que colgaba ridículamente señalando el numero ocho con forma de Bart Simpson. Saltó de su asiento y salió por la puerta.
Volvió a respirar al ver que
Pasó una mano por sus cabellos y dibujó una sonrisa.
- Hola Rachel. - saludó a la camarera.
Ella ni siquiera se inmutó, simplemente siguió vaciando la cafetera y rellenado el café. Tan solo unos instantes después dejo enfrente de Max una taza.
- Como siempre. Solo con doble de azúcar, Max. - replicó mientras le guiñaba un ojo.- Un día duro, ¿no? Espero que al menos lo de tu nuevo trabajo haya salido bien.
Max seguía mirando la taza, sintiendo como el olor a café inundaba sus glándulas olfativas.
- Si, querida.- la miró a los ojos, y quedó casi hipnotizado.- Ha salido como esperaba.-sonrió.
- Me alegro.-se giró y volvió a sus quehaceres.
Quince minutos después y un café menos, Rachel volvió a hablarle al único cliente que quedaba.
- Claro... Hasta mañana.
-Tanta cafeína no puede ser buena... -murmuró la camarera de ojos verdes.




Miguel Ángel dijo
El estilo me lleva al típico escenario de novela negra en el que se ahogan las penas en un café en vez de alcohol. Voy a empezar por el principio y ya te iré comentando.
Un saludo.
19 Octubre 2008 | 10:30 PM